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miércoles, 15 de septiembre de 2010

Run Like Hell

Corré. Que nunca te alcanzen, joven.
El pulso del mundo resuena bajo las suelas de mis zapatos.
Estalla y regresa. Estalla y regresa. Estalla y regresa.
Las cartas echadas, las fichas sobre la mesa.

Y yo corro. Corro porque no se que otra cosa podría hacer. Corro por que el movimiento me calma, por que me activa, me hace pensar y me evita carburarme la cabeza. Vueltas y vueltas a la misma pista; el principio de esta no es otra cosa que su final. Cada vez más rápido. Menos tiempo entre vuelta y vuelta.
Vuelta y vuelta.
Y vuelta.
Y vuelta.
Y vuelta.
Y vuelta.
En cualquier momento voy a empezar a volar. El tiempo se estira; desde mi perspectiva un segundo es eterno.
El pulso se hace más fuerte, permea mis sueños. Me despierta y me quita de esta playa de los muertos. ¿O acaso lo que me despierta es correr?
Los veo a todos pasar, crecer, morir, envejecer. No tienen caras, no tienen personalidades, son sólo sombras. Un concepto abstracto que en mis momentos mas introspectivos podrían ser mejor descritos.
En momentos así sólo podes seguir corriendo.
La pista se convierte en un camino que se rompe en el horizonte lejano, un sol derramado como en las Pampas. Tierra madre, Pulso padre.
Un amigo me dijo "Todos los que escriben poesias tienen algo malo que intentan decir." En su momento no le hice caso porque lo tome como una afrenta (personal?) pero no me detuve a hilar las palabras correctamente. "Algo malo que intentan decir". Intentan advertir. Intentan exorcizar. Intentan influir. No sólo los poetas.

Este texto es la disección de un temor. Lo abro con un bisturí y encuentro el tumor que amenazaba con la metástasis.

Nunca te olvides de correr.

Por tu puta vida.

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And then the long pulse of Zion Dub.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Fragmentos de una Rosa Holográfica

Aquel verano Parker tenía problemas para dormir.

Había bajas de tensión en la red; las súbitas caídas del delta-inductor lo hacían volver en sí dolorosamente.

Para evitar esas caídas, usaba trozos de cable, pinzas minúsculas y cinta negra que conectaban el inductor a una consola de PSA. La pérdida de corriente en el inductor activaba el circuito de la consola.

Compró una cinta de PSA que comenzaba con el sujeto dormido en una playa tranquila. La cinta había sido grabada por un joven yogui rubio con visión de 20—20 y un sentido del color anormalmente agudo. El muchacho había sido embarcado en un vuelo a Barbados con el único propósito de dormir una siesta y hacer los ejercicios matinales en un brillante tramo de playa privada. En la lámina de la microficha del estuche transparente se explicaba que el yogui podía pasar en cualquier momento de alfa a delta sin un inductor. Parker, que no lograba dormir sin inductor desde hacía dos años, se preguntó si aquello era posible.

Sólo una vez había logrado pasar la cinta entera, aunque a estas alturas ya conocía todas y cada una de las sensaciones de los primeros cinco minutos subjetivos. Creía que la parte más interesante de la secuencia era un ligero error de edición al comienzo de la complicada rutina respiratoria: una fugaz toma de la playa blanca que recogía la figura de un guardia haciendo la ronda a lo largo de una cerca de alambre; llevaba una pistola negra de repetición apoyada en el brazo.

Mientas Parker dormía, las redes de la ciudad se vaciaron de corriente.

La transición de delta a delta-PSA era una oscura implosión, como entrando en otra carne. La familiaridad amortiguaba el choque. Sintió la arena fría bajo los hombros. La brisa de la mañana le hizo aletear en los tobillos el ruedo de los sufridos téjanos. El muchacho no tardaría en despertar, y empezaría con su Ardha-Matysendra-etcétera; con otras manos, Parker buscó a tientas la consola de PSA en la oscuridad.

Las tres de la mañana.

Preparándote una taza de café en la oscuridad, usando una linterna al verter el agua hirviente.

El sueño grabado de la mañana se desvanece: a través de otros ojos, el oscuro penacho de un carguero cubano se confunde con el horizonte que navega, surcando la pantalla gris de la mente.

Las tres de la mañana.

Deja que ayer se ordene a tu alrededor en planas imágenes esquemáticas. Lo que dijiste; lo que ella dijo; mirándola empacar; llamando el taxi. Como quiera que las barajes, siempre forman el mismo circuito impreso, jeroglíficos que convergen en un componente central: tú, de pie bajo la lluvia, gritando al taxista.

La lluvia era amarga y acida, casi del color de la orina. El taxista te llamó imbécil; tú igual tuviste que pagar tarifa doble. Ella llevaba tres maletas. Con el respirador y las gafas, el hombre parecía una hormiga. Se alejó pedaleando bajo la lluvia. Ella no miró hacia atrás.

Lo último que viste de ella fue una hormiga gigante haciéndote un corte de mangas.

La primera vez que Parker vio una unidad PSA fue en un barrio de chabolas de Texas llamado la Jungla de Judy.

Era una consola enorme revestida de barato plástico cromado. Meter un billete de diez dólares en la ranura te proporcionaba cinco minutos de atletismo en la ingravidez de un spa orbital suizo, perihelios de veinte metros con una modelo de Vogue de dieciséis años: cosas apasionantes tratándose de la Jungla, donde era más fácil conseguir una pistola que un baño caliente.

Un año después estaba en Nueva York con documentos falsos. Entonces, dos empresas líderes acababan de llevar las primeras consolas portátiles a las principales tiendas, justo a tiempo para la Navidad. Las salas de PSA pomo, de breve apogeo en California, nunca se recuperaron.

También había llegado la holografía, y las cúpulas de Fuller de una manzana de ancho que habían sido los templos holográficos de la infancia de Parker eran ahora supermercados de varias plantas, o albergaban polvorientas videogalerías donde aún se podía encontrar las viejas consolas que bajo lánguidas luces de neón anunciaban la percepción sensorial aparente a través de la neblina azul del humo de los cigarrillos.

Ahora Parker tiene treinta años y escribe guiones para emisiones de PSA, programando los movimientos oculares de las cámaras humanas de la industria.

La caída de tensión continúa.

En la habitación, Parker pincha la superficie de aluminio pulido del despertador Sendai. La luz testigo titila, se apaga. Café en mano, camina hasta el armario que ella vació la víspera. El haz de la linterna sondea los anaqueles desnudos buscando pruebas de amor, encuentra la tira de cuero de una sandalia rota, una cinta de PSA y una postal. La postal es el holograma del reflejo, en luz blanca, de una rosa.

En el fregadero, mete la tira de la sandalia en la máquina de desperdicios. Lenta a causa de la caída de energía, la trituradora se queja, pero traga y digiere. Sujetándolo cuidadosamente entre el índice y el pulgar, baja el holograma hacia las ocultas mandíbulas giratorias. La máquina emite un chillido cuando los dientes de acero rasgan el laminado plástico, y la rosa queda desmenuzada en mil fragmentos.

Luego Parker se sienta en la cama sin hacer, fumando. La cinta está en la consola, lista para empezar. Algunas cintas de mujeres lo desconciertan, pero duda de que sea ésa la razón por la que ahora vacila en encender la máquina.

Aproximadamente una cuarta parte del total de usuarios de PSA son incapaces de asimilar cómodamente la imagen corporal subjetiva del sexo opuesto. Con los años, algunas estrellas del medio PSA se han ido haciendo progresivamente andróginas a fin de captar este segmento de la audiencia.

Sin embargo, las cintas de Angela nunca lo habían intimidado. (Pero, ¿y si ha grabado a un amante?) No, no puede ser por eso: es sólo que la cinta es una verdadera incógnita.

Cuando Parker tenía quince años, sus padres le consiguieron un puesto de aprendiz en la sucursal norteamericana de una empresa de plásticos japonesa. En aquel entonces se sintió afortunado: el índice de aspirantes a aprendiz era enorme. Durante tres años vivió con su grupo en una residencia, cantando cada mañana, en formación, los himnos de la empresa, y por lo general arreglándoselas para saltar la cerca al menos una vez al mes, para buscar chicas o ir al holódromo.

El aprendizaje habría terminado al cumplir su vigésimo aniversario, con lo cual habría quedado como candidato a la condición de empleado con contrato. Una semana antes de cumplir los diecinueve, con dos tarjetas de crédito robadas y una muda de ropa, saltó la cerca por última vez. Llegó a California tres días antes de la caída del caótico régimen neosecesionista. En San Francisco, grupos de vándalos gobernaban las calles. Alguno de los cuatro distintos ayuntamientos «provisionales» habían acumulado reservas de alimentos con tanta eficacia que era casi imposible conseguirlos en la calle.

Parker pasó la última noche de la revolución en un barrio incendiado de Tucson, haciendo el amor con una delgada adolescente de Nueva Jersey que le explicó los mejores aspectos de su horóscopo entre ataques de llanto casi silencioso que no parecían tener nada que ver con nada de lo que él decía o hacía.

Años más tarde, advirtió que ya no tenía la menor idea de cuál había sido el motivo original para interrumpir su aprendizaje.

Los primeros tres cuartos de la cinta han sido borrados; tecleas avance rápido a través de una neblina estática de cinta borrada, donde gusto y olor se funden en un único canal. La recepción de audio es un ruido blanco: el no-sonido del primer mar oscuro… (La recepción prolongada de sonido de una cinta borrada puede provocar alucinaciones hipnagógicas.)

Parker estaba escondido entre la maleza junto a una carretera de Nueva México, viendo cómo ardía un tanque en la autopista. Las llamas iluminaban la línea blanca quebrada que había seguido desde Tucson. La explosión se había visto a tres kilómetros de distancia, una sábana blanca de relámpago abrasador que había convertido las pálidas ramas de un árbol desnudo sobre el cielo nocturno en un negativo fotográfico de sí mismas: ramas de carbón sobre un fondo de magnesio.

Muchos de los refugiados estaban armados.

Texas debía las chabolas que humeaban bajo las cálidas lluvias del Golfo a la incómoda neutralidad que había conservado frente al intento de secesión de la Costa.

Los pueblos estaban hechos de madera terciada, cartón, láminas de plástico que ondulaban al viento, y carcasas de vehículos. Tenían nombres como Jump City y Sugaree, y gobiernos vagamente definidos y territorios que se movían constantemente con los vientos furtivos de una economía de mercado negro.

Las tropas federales y estatales enviadas para barrer los pueblos fuera de la ley rara vez encontraban algo. Pero tras cada rastreo, algunos hombres no regresaban. Algunos habían vendido sus armas y quemado sus uniformes, y otros se habían acercado demasiado al contrabando que se les había encomendado encontrar.

Pasados tres meses, Parker quiso marcharse, pero las mercancías eran los únicos salvoconductos para cruzar los cordones del ejército. La oportunidad le llegó accidentalmente: a últimas horas de una tarde, cuando bordeaba la nube de grasiento humo de cocina que flotaba sobre la Jungla, tropezó y casi cayó sobre el cuerpo de una mujer en el lecho seco de un arroyo. Las moscas se levantaron en una nube furiosa y luego volvieron a posarse, sin hacerle caso. Tenía una chaqueta de cuero, y Parker solía pasar frío por las noches. Se puso a buscar alguna rama en el lecho del arroyo.

En la espalda de la chaqueta, justo bajo el omóplato, había un orificio redondo del diámetro de un lápiz. El forro de la chaqueta había sido rojo, pero ahora estaba negro, duro y brillante de sangre seca. Con la chaqueta colgada de la punta del palo, Parker fue a buscar agua.

Nunca lavaba la chaqueta; en el bolsillo izquierdo encontró casi una onza de cocaína envuelta en plástico y cinta adhesiva transparente. El bolsillo derecho contenía quince ampollas de Megacilina-D y una navaja automática de veinticinco centímetros y mango de asta. El antibiótico valía el doble de su peso en cocaína.

Hundió la navaja hasta el mango en un tocón podrido que habían pasado por alto los leñadores de la Jungla, y dejó la chaqueta colgando allí, con las moscas revoloteando alrededor.

Aquella noche, en un bar con techo de lata corrugada, esperando a uno de los «abogados» que conseguían pases para cruzar el cordón, probó por vez primera la máquina de PSA. Era enorme, toda neón y cromo, y el dueño estaba muy orgulloso de ella: él mismo había ayudado a secuestrar el camión.

Si el caos de los noventa refleja un cambio radical en los paradigmas del alfabetismo visual, el alejamiento final de la tradición Lascaux/Gutenberg por parte de una sociedad preholográfica, ¿qué podemos esperar de esta nueva tecnología, con sus promesas de codificación discreta y subsiguiente reconstrucción de toda la gama de las percepciones sensoriales?
Roebuck y Pierhal, Historia americana reciente: Panorama de sistemas

Avance rápido por el sibilante no-tiempo de cinta borrada…

…al interior del cuerpo de ella. Luz europea. Calles de una ciudad extraña.

Atenas. Avisos en caracteres griegos y el olor a polvo…

…y el olor a polvo.

Mira por los ojos de ella (pensando, esta mujer no te ha conocido todavía; apenas has salido de Texas) hacia el monumento gris, los caballos de piedra, donde las palomas revolotean en círculo…

…y la estática se apodera del cuerpo del amor, lo deja limpio y gris. Olas de ruido blanco rompen en una playa que no está. Y termina la cinta.

Ahora la luz del inductor está encendida.

Parker yace en la oscuridad, recordando los mil fragmentos de la rosa holográfica. Un holograma tiene esta cualidad: recuperado e iluminado, cada fragmento revela la imagen completa de la rosa. Cayendo hacia delta, él mismo ve la rosa, y cada uno de sus fragmentos esparcidos revela un todo que jamás conocerá: tarjetas de crédito robadas… un barrio incendiado… conjunciones planetarias de un desconocido… un tanque ardiendo en una autopista… un chato paquete de droga… una navaja automática afilada en hormigón, fina como el dolor.

Pensando: cada uno somos fragmentos de otro, y ¿fue siempre así? Aquel instante de un viaje europeo, abandonado en el mar gris de una cinta borrada: ¿está ella más cerca ahora, o es más real, porque él haya estado allí?

Ella lo había ayudado a obtener los documentos, le consiguió el primer trabajo en PSA. ¿Era ésa la historia de ellos? No, la historia era la superficie negra del delta-inductor, el armario vacío, y la cama sin hacer. La historia era su aversión al cuerpo perfecto en el que despertaba si bajaba la tensión, su furia hacia el conductor del taxi a pedal, y la negativa de ella a mirar hacia atrás entre la lluvia contaminada.

Sin embargo, cada fragmento muestra la rosa desde un ángulo distinto, recordó, pero delta se apoderó de él y no alcanzó a preguntarse qué podía significar eso.

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And then the long pulse of Zion Dub.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Another life lost to The Zone

Solo con mi G36. Sin medikits. Pocas balas. Tres bloodsuckers y un snork.



Death soon, fellow stalkers.

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And then the long pulse of Zion Dub.

viernes, 30 de julio de 2010

Love Will Tear Us Apart

"Viento.
- ¿Supongo que fumas, no?
- Cuack, mirá que pelotudo que sos, vos ya sabés.
Murmuré un poco y busque en alguno de los bolsillos de mi gabardina los palitos venenosos que uso contra la ansiedad. Los pedestres le llaman cigarrillos. Tanteé el mismo bolsillo de antes buscando un encendedor, una caja de fósforos, un papel, algo para prender pero fue un intento fútil. Sirvió un poco para romper el silencio incómodo, con la vieja pregunta...
- ¿Tenés fuego?
Me miré a los ojos y me ví hundiendo la mano en el morral. "Siempre llevo uno, una toalla y un pollo con una polea en el medio." Nos reímos de nosotros mismos (¿De mí mismo? ¿De él?) Mientras aspiraba cáncer. No estaba muy seguro de donde estaba-mos; mi sentido de orientación es pésimo sin siquiera un punto de referencia. Yo estaba sentado contra una pared con mis piernas extendidas mientras Yo estaba subido a lo que parecía una de las banquinas que hay en la costanera... de hecho, si no fuera por la total falta del río podría ser que este-mos en la costanera. La misma vegetación, el color dorado de los carritos de choripán cerca, las baldosas de pequeños cuadrados formando otros más grandes, o imágenes ilógicas si uno se los ponía a ver profundamente. Me miré, nos miramos, miré a la extensión negra que solía ser el Rio de la Plata. Miramos. "¿Y a vos, por qué te parece que es esto?
- ¿Esto qué? ¿Qué estemos flotando en la costanera o qué nos hayamos separado?
- Ambas, a decir verdad. No sé a vos, pero a mí todo me está dando una impresión de psycho bullshit que no te cuento...
- Es horriblemente probable, sí; aunque a mí me preocupa más el tema de que nos hayamos dividido. Quiero decir, El Replicante Insomne es nada más un personaje pero sin embargo...
- Sin embargo está acá.
Una nube de tormenta se alejaba lentamente, cómo si supiera que en su casa la esperan para darle un mazazo en la cabeza. No estaba seguro si todo esto era real, había una constante sensación plástica en el aire, dando la impresión de que todo lo que estaba alrededor nuestro estaba plastificado. La cabeza me daba vueltas.

En algún punto hubo un cisma. El personaje que representaba todas esas emociones adolescentes en algún momento decidió que eso de ser simplemente un personaje, un punto de vista al que acudir al momento de escribir era simplemente una dominación, cómo ser el perro faldero de alguien, y que dada la fuerza que tenía ser subyugado era una enorme falta de respeto hacía sí mismo.
- ¿Te parece?
- ... ¿me parece qué?
- Todo eso que acabas de pensar.
- ¿Cómo sabías lo que estaba pensando?
- ¿Alguna vez escuchaste el concepto de mente colaborativa? Es cuando un grupo de inteligencias comparten una mente común, o todas sus mentes están conectadas de alguna manera, seguro que te acordas... borgs de Star Trek... chinches... Starship Troopers... esa vez... vemind...
Deje de escucharlo porque no había nada que me pudiera explicar. Revolviendo en mi mente logre entender el porqué del sentimiento de desplazo. Es duro estar en dos lugares distintos al mismo tiempo.
- Entonces supongo, suponemos que el personaje se dividió. Suponemos que es por una sobrecarga en las bases de nuestra fuerza. Un sentimiento lo suficientemente intenso como para darnos el último empujón para la separación. Ahora, nuestra gran pregunta... si somos una mente colaborativa...

¿Quién de nosotros es el Replicante?"



Miro al texto que acabo de escribir. Me corre un ligero terror por las tripas. ¿Lo creerán mis lectores? ¿Pensaran acaso que el bocho me funciona lo suficientemente mal como para ponerme esquizofrénico? Pensándolo bien, no hubo separación, pero que se me haya ocurrido esto...

Dejo la birome y lo paso a la PC. Total... ya estoy lo suficientemente mal como para tener un blog.
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And then the long pulse of Zion Dub.

viernes, 2 de julio de 2010

I've got wild staring eyes, I've got a strong urge to fly...

¿Es tarde? Check.

¿Deprivación de sueño? Check.

¿Tengo cosas que decir? Check.

How y'all doing? Me ausenté durante un tiempo bastante largo, por razones personales que el que conoce entiende. Me vi envuelto en una vorágine que me quitó mucho de mí, de mi tiempo y mis hobbies. Sin embargo, nuevamente me agarró esa compulsión estúpida de querer robarle un par de horas más al día así mañana puedo entrar a este blog y decir: "Hoy estará aquí, y mañana, y el día del arquero también.".

Tengo ganas de prender un cigarrillo. No por el cigarrillo en sí, sino por el querer tener algo que hacer en los momentos en los que escribo; si escucho música pierdo el "mood". Los grandes escritores siempre estaban intoxicados de alguna u otra manera mientras creaban.

Crear.

En algún momento esa palabra me sonó a campanas; hoy día la veo en el rabillo de mi ojo mientras corro a quién sabe donde. Tengo varios poemas para pasar a pc, una parodia de superhéroes, dos relatos cyberpunk en el tintero, un guión para una sitcom, un medium torturado como personaje, proyectos para remeras, dos inicios para textos geniales para el blog; nunca los terminé. Siempre pobres idiotas que se sienten superados por la situación, pero consiguen la fuerza para seguir adelante de algún lado y atraviesan las dificultades con filo de obsidiana. Kuang Grade Mark 11.


Ring any goddamn bells?

Extraño a esos putos. Extraño tener una espina, y tener que quitarmela con los dedos, el grito primal de dolor que no hace más que ponerme alerta, listo para la pelea. Extraño las pasiones raras que tenía. Extraño el olor a metal en los dedos, el sudor en los ojos, el olor a cigarrillo y los oidos aturdidos. Extraño la cerveza en la plaza. Extraño ser el unico que no fumaba. Extraño poder tener alguien a quien odiar con toda la razón del mundo, alguien a quien cruzarme y poder descargarle un puñetazo. Extraño ver pelos raros, y caminar calles peligrosas de a muchos. Extraño al azar.

Extraño la hipótesis de conflicto.

Sin embargo hay cosas que no extraño, y otras que no cambiaría por nada; sin ellas no podría bancarme una buena proporción de mis días. Cómo dije alguna vez, "utopias [de ojos] incandescentes".
Estoy muy contento con mis días como están... pero... ¿no se podrían parecer un poquito más a como eran?

¿Un poquito, eh?

No mucho.

Casi nada.


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And then the long pulse of Zion Dub.